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Domingo, 05 de septiembre de 2010
Número 566

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Mensaje
Levantarse es la consigna
José R. Ramírez

La liturgia de la palabra de este domingo décimo quinto ordinario del año en las tres lecturas señala hacia una misma dirección: La elección.
El Señor llamó a Amós: “Ve y profetiza a mi pueblo Israel”. Amós protestó:”Yo no soy profeta ni hijo de profeta, sino pastor y cultivador de higos”.
Pero obedeció y así dijo: “El Señor me sacó de junto al rebaño”.
Vivió en el siglo VIII antes de Cristo. Profetizó en tiempos del rey Jeroboam. Condenó la hipocresía; denunció en nombre de Dios a los que oprimían a los débiles y a los pobres.
La segunda lectura es de San Pablo a los habitantes de Éfeso y a los cristianos y les dio una alegre noticia: “Dios nos eligió en Cristo antes de crear el mundo. El ha prodigado sobre nosotros los tesoros de su gracia”.
En la tercera lectura, el evangelio según San Marcos, el tema es la elección de los doce.
El pueblo de Israel, el de la antigua alianza, tenía doce columnas, los doce hijos de Jacob, llamado también Israel. De cada uno procedieron las doce tribus de Israel.
Jesús, para el pueblo de la nueva alianza, para la Iglesia, quiso e hizo que tuviera doce columnas en los doce apóstoles que llamó, eligió, preparó y envió.
En el libro de los Hechos de los Apóstoles, San Lucas narra cómo Pedro, el superior y cabeza de se colegio reenvió a los otros diez y a un conjunto de ciento veinte cristianos –así de pequeña era la Iglesia entonces- y les dijo que presentaran un candidato para ocupar la silla que dejó vacía Judas Iscariote el traidor. Propusieron dos candidatos. Oraron, echaron suertes y entre José llamado Justo y Matías salió electo éste. Así se completó el número de doce.

Predestinación gratuita
En este viernes 26 de junio que acaba de pasar, la provincia eclesiástica de Guadalajara celebró solemnemente en el Santuario de los Mártires el inicio del Año Sacerdotal.
Los obispos, sucesores de los apóstoles, y los presbíteros, los colaboradores más cercanos, renovaron su compromiso en la alegría de haber sido llamados, elegidos, consagrados y enviados como el profeta Amós, como Pablo el apóstol de los gentiles, como los doce elegidos.
Es el ciento cincuenta aniversario de la muerte de San Juan María Vianey, un cura apenas visible a los ojos de los hombres y grande a la mirada de Dios.
Se santificó en el servicio humilde en Ars, una aldea de Francia, a donde acudían las multitudes a escuchar cuando con palabras sencillas, plenas de sabiduría divina, hablaba de Cristo, del amor, de la misericordia.
Luego, con paciencia admirable, se sentaba al confesionario a escuchar, a consolar, a perdonar en nombre de Cristo.
El intento ha sido para reflexionar y profundizar en el divino privilegio del sacerdocio ministerial y renovar el compromiso de fidelidad a Cristo y a la Iglesia.
A los doce elegidos, Jesús los envió a anunciar la Buena Nueva, mas para la eficacia de su misión deberían ir ligeros de equipaje.
Cristo llamó a los doce: “El que quiera venir en pos de mí niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame”.
Negarse a sí mismo es la condición interior de un absoluto desprendimiento.
Al santo cura de Ars le bastaba un poco de pan, un jarro de agua y unas patatas cocidas.
Con su bastón, unas sandalias, una imagen de Cristo crucificado, subieron de las playas de Veracruz en 1525 a la gran Tenochtitlán, los doce, también eran doce, a realizar una campaña espiritual: Conquistar para Cristo a los naturales de estas tierras que “vagaban errantes como ovejas sin pastor”.
Para vencer en esta sublime empresa, entonces, después y ahora, ha de ser el testimonio una vida de fe con un desprendimiento interior de ídolos de esos que el mundo ofrece: Dinero, poder, placeres.

La raíz de muchos
sufrimientos

Aprender, entender, aceptar el desprendimiento interior a las cosas, o con más amplitud, a las criaturas, ya es camino de santidad.
San Juan de la Cruz, uno de los más grandes maestros de vida interior, presenta tres vías:
La vía purgativa, la liberación del pecado, del afecto al pecado, de toda inclinación torcida o confusa. Allí está la purgación, la purificación del alma.
Luego, la vía iluminativa, cuando la luz, la sola luz, resplandor de Dios, ilumina el alma:

Entréme donde no supe
Y quedéme no sabiendo
Toda ciencia trascendiendo.
Estaba tan embebido
Tan absorto y ajenado,
Que se quedó mi sentido
De todo sentir privado;
Y el espíritu dotado
De un entender no entendido,
Toda ciencia trascendiendo.

Y, finalmente, la cumbre es el encuentro del alma, la amada, con Cristo.
Tal ascensión, la dicha del encuentro en la cima, es para quien ha sabido ir sereno, sin apego a las criaturas. Dejar que todo venga y todo se marche. No aferrarse, no apresurarse.
Ese desprendimiento ha de ser obra del amor. A San Francisco de Asís lo volvió loco de alegría el saberse liberado no sólo de las riquezas de Pedro Bernaerdone, su padre en la tierra, sino desprenderse de otras muchas adherencias interiores: La lujuria, la soberbia, la vanidad. Su pobreza interior lo liberó de todo y lo lanzó a ser un juglar alegre, con el canto y la sonrisa inseparables.

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