El Las campanas de las torres de los templos tienen una lengua, el badajo, y esa lengua tiene su idioma: Llama a misa, llama al rosario; es su más frecuente lenguaje.
También tocan las campanas a rebato cuando anuncian una calamidad; si doblan es señal de duelo y su mensaje es muerte y esperanza de vida eterna; y echadas a vuelo son pregoneras de grandes alegrías.
Este 12 de Diciembre, día de los mexicanos, día de la bella madre del cielo, en la Basílica de Guadalupe y en miles de templos parroquiales y hasta en humildes capillitas de aldea, todas las campanas cantaron la alegría de los mexicanos. Pidió ella un templo y le han levantado millares.
Estén alegres
San Pablo invirta a la alegría. “Estén siempre alegres en el Señor; lo repito, estén alegres. El Señor está cerca”.
Invita la Iglesia con la liturgia de Adviento a estar alegres y añade “en el Señor”, alegría espiritual y profunda.
Hay muchos motivos humanos para la alegría: La vida, la salud, el buen resultado en el trabajo, en los estudios; las alegrías de la familia, el nacimiento de un niño y, por qué no, haber operado un buen negocio.
Pero hay otras alegrías turbias, las logradas con el vicio, con las pasiones. De esas no es hoy el tema.
Ahora “estén alegres en el Señor”. El Señor es Cristo y El es la causa de la alegría, porque El es vida, El es verdad, El es amor.
Alegría interior
El gran músico Ricardo Wagner escribió: La alegría no está en las cosas, sino en nosotros.
Más de alguno, rodeado de cosas terrenas, está hambriento de alegría. Pasan por la mente esas historias tristes, trágicas, de los que se han quitado la vida y alguien se pregunta: ¿Por qué lo hizo si nada le faltaba?
Sin duda que esos más fueron buscadores de tristezas. La tristeza es egoísmo y egoísmo tenaz. Los hombres más tristes del mundo en la historia han sido los más egoístas.
Se han atrincherado en su egoísmo, se han endurecido y fastidiados de todo y de todos, se han encontrado vacíos, solos.
La propia alegría es sintonía con la alegría de otros. Si se le pregunta a un niño de diez años: ¿En tu cumpleaños quieres el pastel para ti solo o con tus amigos?
Será muy raro el niño que quiera sentarse a la mesa solo con su pastel.
La alegría distintiva
del cristiano
Cuando la fe está bien arraigada, cuando la esperanza es una ventana luminosa siempre abierta más allá del tiempo y singularmente cuando arde el corazón de amor a Dios y al prójimo, entonces la vida es una perpetua alegría.
Esa ha sido la alegría de los grandes santos. San Francisco de Asís fue dos veces alegre, desde su nacimiento hasta los veintidós años, porque era el hijo de Pedro Bernardone, el rico de Asís y él disfrutaba de ese privilegio; de los veintidós a los cuarenta y cuatro años fue inmensamente más feliz al renunciar voluntariamente a todos los intereses terrenos y, proclamando que era hijo de Dios, “se desposó con la pobreza”. Entonces, enseñaba a su compañero el hermano león, la hermana agua, ell hermano sol; había encontrado la verdadera alegría.
Y, como Francisco, los verdaderos seguidores de Cristo han vivido alegres, aun entre tribulaciones y trabajos. Los apóstoles fueron llevados a la cárcel, y allí, a oscuras y sin comer, cantaban alegres y hasta que un mensajero de Dios, un ángel, les abrió las rejas, según cuenta San Lucas en el libro Los Hechos de los Apóstoles.
En un campo de concentración, en Polonia, los sentenciados a muerte animados por el sacerdote Maximiliano María Kolve, con cantos esperaban la muerte, para ellos la mejor liberación.
Todo es luminoso, todo es motivo de alegrarse cuando de corazón se pretende vivir el “hágase tu voluntad”.
Un cristiano triste es como un instrumento musical desafinado.
Hay quienes, también, contagian de su tristeza. Ya se va diluyendo con el viento del tiempo la sonrisa de bondad, de alegría, de aquel papa “bajito y gordito” Juan XXIII que renovó y llenó de alegría a la Iglesia con las campanas alegres del Concilio Ecuménico Vaticano II.
Esa alegría vuestra nadie os la quitará
El gran maestro en el momento solemne de la proclamación de la Nueva Alianza, prometió felicidad a quienes aceptaran su reino. Subió a un monte y sentado, con gran solemnidad, enseñaba diciendo: Bienaventurados los pobres de espíritu. Bienaventurados es lo mismo que felices, alegres, porque de ellos es el reino de los cielos; bienaventurados los mansos, los que lloran, los que tienen hambre y sed de justicia, los misericordiosos, los limpios de corazón, los pacíficos, los que padecen persecución por la justicia…
En la cena de despedida, el Maestro consuela a sus discípulos: Se va, pero de nuevo los verá y se alegrará su corazón y nadie será capaz de quitarles su alegría.
Algunos ven en la religión sólo los imperativos de los preceptos del decálogo y los ven como obstáculos en el camino para la felicidad porque han querido encontrar la felicidad en el egoísmo y en el abuso de la libertad.
Para entrar en la alegría, el creyente sabe que tiene que salir de sí mismo para abrirse a Dios, para ver a sus hermanos con mirada de amor y disponerse en una actitud no de ser servidos, sino de ver cómo y en qué medida, según sus circunstancias, han de estar para los demás.
La liberación
El profeta Sofonías, en un periodo trágico de la historia de Israel, invita a sus compatriotas, desterrados como él en Babilonia, a alegrarse porque “el Señor ha levantado su sentencia contra ti”.
San Pablo, en su carta a los cristianos de Filipos, les dice:¡Alégrense! El Señor está cerca.
La cercanía del Señor pide prepararse para recibirlo. Es un mensaje para dar ánimo, para avivar la esperanza, para dejar el miedo y luego dar testimonio.
¿Qué debemos hacer?
El Bautista dijo a quienes creían que él era el Mesías: Es cierto que yo bautizo con agua, pero está entre ustedes a quien no merezco desatar las correas de sus sandalias. El los bautizará con el Espíritu Santo y con fuego.
Cuando le preguntaban qué debían hacer, otra vez les dijo que hicieran obras de misericordia: Quien tenga dos túnicas que dé una al que no tiene ninguna y quien tenga comida haga lo mismo.
Es el tiempo de descubrir con más amplitud la presencia del prójimo y aprovechar el adviento para entender la alegría de compartir.
Pero, antes, quitar toda mentira, todo atropello en la búsqueda del provecho propio con perjuicio de los demás.
La persona se realiza, crece, cuando ha rechazado la tentación de replegarse sobre sí mismo y se abre a otros.
La alegría es compartir. Que hoy sea el día de la generosidad.
de este domingo, decimonoveno ordinario del año, presenta una dura prueba de fe para los judíos del siglo primero y para el hombre del siglo XXI.
¿Cómo aceptar que ha bajado del cielo este hombre que está aquí ante nuestra mirada?, decían.
Porque Cristo dijo ante todos y en voz alta y clara: Yo soy el que ha bajado del cielo.
Nosotros conocemos a su padre y a su madre. ¿Cómo puede decir entonces: Yo he bajado del cielo?
Ahora y aquí, Cristo está diciéndole al hombre: Yo soy el pan bajado del cielo.
Este fue el gran problema en el año 380 en la historia del cristianismo.
Arrio fue un sacerdote de Alejandría, nacido en el año 280 y fallecido en 336, que predicó una doctrina contraria a la divinidad de Cristo. El arrianismo fue esa doctrina, esa herejía, que duró cien años.
Cuando Cristo apareció en la historia, la tarea de los pensadores, una vez pasada la primera sorpresa, fue la de comprenderle.
Jesús nació, predicó una doctrina nunca antes escuchada, sufrió, compartió en todo las situaciones de los hombres, menos la culpa. Manifestó el poder de Dios, sobre todo en su resurrección. Se presentó como el Hijo único de Dios.
Todos coincidían: Un gran hombre, íntegro, cabal, justo, bondadoso, por encima de todos los guías religiosos, de todos los profetas, “la más perfecta de todas las criaturas”.
La falsa enseñanza de Arrio era: Si el Padre ha engendrado al hijo, el ser hijo tiene un principio, ha habido, por tanto, un tiempo en que Él no existía.
Negaba la eternidad del Verbo y, por tanto, la divinidad del Verbo.
Entonces, se reunieron en un sínodo trescientos dieciocho obispos, el mes de Mayo de 325, en el Concilio de Nicea y declararon dogma de fe que el Hijo es consustancial al Padre, es Dios igual al Padre, y que tomó la naturaleza humana sin dejar de ser el unigénito del Padre.
Así confiesa su fe el pueblo cristiano: Creo en un solo Señor, Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos: Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero…Y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María la virgen y se hizo hombre…
Ver con los ojos de la fe a Cristo es reconocerlo como Dios omnipotente, infinito y eterno y hombre débil y mortal como todos los hombres.
Todo hombre, en cuanto sabe razonar, cuando llega a reflexionar, llega a comprender el anhelo de trascendencia, busca romper las limitaciones que bloquean y alienan su existencia y desea una vida sin límites.
Si a una niña de ocho años el día de su primera comunión le preguntan: ¿Cuántos años quieres vivir? Contesta: Mil…porque ya trae esa natural inquietud de vivir “para siempre”.
La revelación es comunicación de Dios al hombre y con ella se le ofrece algo totalmente nuevo e inesperado, incomprensible, cuyo final es la “vida eterna”, y el camino para lograrla es unirse al crucificado en la fe. Le comunica al hombre la revelación lo que no podría discernir por sí mismo.
Cristo en su discurso sobre el mismo tema, con más altura, pretende revelarse como enviado del Padre para alimento y salvación de los hombres. Viene del Padre, trae un mensaje del Padre. “Quien ve a Jesús está viendo al Padre”. Hace penetrar esta revelación sobre el Padre. Hace penetrar esta revelación sobre el Padre y sobre su propia misión para la vida de los hombres.
El maná era un verdadero alimento, pero alimentaba el cuerpo. Era un alimento material y por eso los israelitas lo comieron y murieron.
Cristo ofrece otro pan. Muchos en este siglo XXI se conforman con haber logrado el pan material. Prueba de esto es sin duda el materialismo y el consumismo, actitudes frecuentes en la sociedad moderna.
Es legítimo, es laudable preocuparse, esforzarse y hasta desgastarse en ganar el pan material, pero no quedarse ahí, sino buscar también el otro pan, el pan de Vida.
Primero, en el orden material, el pan para el cuerpo. Cristo primero hizo el milagro, dos veces milagrosamente dio pan a las multitudes, pan para el cuerpo y “hasta saciarse”.
Cuerpo y alma es el hombre y el hombre todo, concreto y en el tiempo, tiene que tener alimento para su cuerpo.
Si la Iglesia predicara nada más para las almas sería con toda justicia acusada de ignorante, de ciega, de no entender al hombre con sus necesidades concretas y apremiantes.
En veinte siglos, los cristianos han puesto en práctica la fe en el amor y éste en obras: Dar de comer al hambriento; dar de beber al sediento; vestir al desnudo y dar atención y auxilio donde se ha manifestado cualquier necesidad.
Los bienes han de ser bienes para todos en justicia. La caridad abre la mano para socorrer al necesitado, mas antes, y por estricta justicia, si tienes dos túnicas y tu prójimo está desnudo, debes de poner esa túnica en donde debe estar, en la espalda desnuda de ese ser semejante a ti.
Si el campo produce y si el hombre con su inteligencia y su trabajo cosecha, ha de ser el producto, el fruto, para el bien común.
Muchos de los graves problemas de todos los tiempos y en estos presentes más agudos, han brotado de las marcadas diferencias entre los ricos muy ricos y los pobres muy pobres.
Estas desigualdades han provocado guerras, crímenes y muchas veces han puesto en peligro los fundamentos de la sociedad, del porvenir de los pueblos.
Mucha sangre humana ha regado la tierra en las luchas por la injusticia y aunque han buscado soluciones, sólo uno es el camino, el de la verdadera justicia distributiva.
La Iglesia, con inspiración en el evangelio, pregona que el sentido de los bienes de la tierra tiene un destinatario y ese es que todo debe ser para todos. Los que se enriquecen egoístamente, los que acumulan riquezas sin compartir no están viviendo las enseñanzas de Cristo. Urge conocer, propagar y practicar la doctrina social de la Iglesia. |